Todavía me sorprende cada vez que pienso en ello, pero admito que fue tarde en la vida cuando caí en la cuenta de que este es un viaje único e irrepetible, lleno de eventos y tropiezos, de tormentas y dolores, momentos, personas, seres vivos, llantos, soles y brumas por igual, nidos permanentes o fugaces, miradas perdidas, alientos insuficientes, horas gastadas en nada y años llenos de mucho.
Me desembaracé de Dios a tiempo, hace mucho, en mi corazón, y hace menos en mi cabeza. Una conquista más de mi humanidad inteligente. Alivia saber que no hay un propósito final, que no me espera nadie cuando cruce el río, ni para sentarme en el banquillo de los acusados, ni para tenderme la mano y evitarme el miedo. Aunque veces lamento, a escondidas de mi mismo, saber que no voy a ver mis perros preferidos, Lucas y Frida, a mi viejo y su amor en silencio, a la abuela Beatriz con su olor a manos frescas, o a mi gran amigo de la infancia tan tempranamente ausente.
Si, tarde me percato de cuánto viaje tiene mi vida: soy Odiseo sin Itaca y sin Ilión, ni Circe, ni sirenas, ni cíclope, ni la carnicería del final. Pero soy, y me llena de paz saber que el viaje continua y que, por ahora, siempre regreso a mi isla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario