jueves, 25 de octubre de 2012

UN NIÑO TRISTE COMO YO NOS MIRA

Estás a punto de comenzar la primera aventura de tu viaje, pocas semanas, pocos meses, ahí nomás, chiquito de ojos tan negros y tan escrutadores, con tanto miedo a cuestas casi sin saberlo. Estás a punto...

PUNTO DE PARTIDA




Mientras pensaba dónde ubicar el comienzo de mi viaje caí en la vieja y comprensible trampa de la geografía, en ese tire y afloje permanente entre nuestra naturaleza puramente física y la cabeza que la gobierna (¿o es al revés?) No, claro, no empecé a viajar el día que puse mi pie en la pasarela del Río Jáchal, en el puerto de Buenos Aires, día cuyo número ya se perdió en el recuerdo, del mes de octubre de 1959, y al que volveré en otro momento. No, el más poderoso vehículo de transporte que tenemos es la mente, o el intelecto, llámenlo como quieran. Estaba  punto de poner “USA” a modo de primer capítulo para empezar deshojar los jirones de la experiencia, y fue entonces que me percaté de lo más sencillo y más claro:  que comencé a viajar el día que abrí el primer libro de lo que en aquel entonces llamábamos “aventuras”.

Sean indulgentes: la televisión, a mis 6 años, era una caja casi cuadrada, hecha por Fabricaciones Militares, que transmitía apenas unas horas al día y un par de canales. Todavía escuchábamos radio, todavía era la radio el invasor cotidiano de cualquier hogar de mi infancia. Y a mi nunca me sedujo, aún hoy no la escucho. También había revistas, las que entonces se llamaban “mexicanas” porque eran de la editorial Novaro, o los clásicos argentinos de Patoruzú, Isidoro Cañones, Afanancio, o Capicúa. Yo las compraba con el entusiasmo de cualquier chico, todas, una tras otra, y las disfrutaba, recuerdo, con una alegría profunda. Pero siempre tuve claro que una revista era un pasatiempo, mostrara lo que mostrara, y que un libro era más, mucho más.

Mi casa de Belgrano tenía varios privilegios que cualquier chico de entonces hubiera deseado y envidiado, además de uno de las pocos aparatos de TV del barrio. Había rincones de todo tipo, rincones bajo la escalera de entrada, en el oscuro sótano, al aire libre en las dos terrazas, en el “techito” encima de la baulera al fondo del jardín, o en otro techo pequeño, debajo de la ventana del cuarto del fondo; lugares de fácil acceso para cualquier pibe que pudiera trepar los pinos del jardín, o que no tuviera miedo de descolgarse por una ventana, ni temiera la oscuridad, especialmente en las tardes de invierno en el sótano helado. Rincones donde esconderse a pasar las horas imaginando otras vidas, digiriendo soledades, llorando penas, o ahogando miedos.  Rincones para entender los primeros odios y los primeros amores, lo complejo del mundo de “los grandes”, y el misterio la muerte después de cada desfile por algún velorio de algún pariente lejano, esos que no terminábamos de entender dónde encajaban en el rompecabezas familiar.

Pero mi casa tenía, sobre todo, el privilegio de los libros, de un legado paternal de lectores. Teníamos un Atlas, raro tesoro atribuible a la profesión de los hombres que la comandaron, padre y abuelo militares. Teníamos una biblioteca donde vi a Poe por primera vez, escudriñando a través del vidrio de la puerta, a los clásicos rusos y franceses, a Byron y Shelley, y a una deliciosa edición de Las Mil y Una Noches en su versión completa y sin censura, en cuyas páginas por primera vez me enredé en las calenturas eróticas de la pre adolescencia, con las descripciones voluptuosas de uríes y cortesanas y sus aventuras sexuales explícitamente descriptas, que hicieron estallar mi cabeza (y las de un par de amigos del colegio), una y otra vez.

Y teníamos dos joyas que sólo el tiempo me las develó como tales: la Colección Robin Hood y El Tesoro de la Juventud. Una y otra vez, varias veces, leí todos y cada uno de los libros, con una pasión cercana a la adicción. En aquellos rincones, especialmente, la lectura me hacía feliz, con una felicidad difícil de explicar, de esas que devora páginas, que lee y relee, que vuelve para atrás y se detiene a imaginar la escena, o la explicación, o el personaje.

Cómo jugar al croquet o construir un “teléfono” rudimentario, cómo navegaba un transatlántico, o alguna leyenda de Europa, o la biografía de Julio Verne. El Tesoro tenía la fuerza arrolladora de una obra pensada para “ilustrar” y “civilizar” a la clase media argentina. Quise ser científico aprendiendo sobre “Los por qué”, y poeta leyendo las rimas simples de la poesía francesa del siglo XIX.

Quien no viajó con Verne a la luna o cruzó el mundo en globo con él, quien no luchó junto a los Tigres de Mompracem, perdió una fuente inagotable de imaginación temprana.  Ni Tarzán, ni Bomba el Hijo de la Selva, ni Ayesha, despertaron en mi tantas pasiones por los viajes, las luchas, los entreveros, los paisajes, el mar o la selva, la amistad y la camaradería, como el Corsario Negro o Sandokán, mis grandes preferidos. Honorata de Wan Guld fue mi amor de pibe y el Rajá de Sarawak el malvado al que imaginé ajusticiar de mil maneras, muchas noches a solas en mi cuarto.

Allí, exactamente allí, en aquel enorme –para mi- refugio de Ciudad de la Paz y sus rincones misteriosos, cálidos y sensuales, comenzó mi viaje. ¿Por qué me emociono tanto cuando que una sonda se posa en marte y me muestra una foto de un paisaje rocoso, lejano y colorado a 300 millones de km de distancia? ¿Por qué me fascinan los relatos del pasado y sus protagonistas? Por qué no paro de viajar con el cuerpo y la cabeza? Creo no tener dudas: en este puerto de partida, hace poco menos de 60 años, está la respuesta.

Alla voy, entonces, a desenrrollar la madeja.